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jueves, 5 de marzo de 2009

CALIDAD PARA LA DEMOCRACIA

CALIDAD PARA LA DEMOCRACIA



Los momentos propicios suelen presentarse de improviso, sin avisar. La condición humana nos empuja a hacer planes de futuro, a imaginar los acontecimientos como deseamos que sean. Y luego, tras un rato de íntima introspección, nos volvemos a sumergir en la vorágine de los sucesos, de los estímulos externos, de las prisas, de las relaciones a la carrera: vivimos en Occidente y actuamos como occidentales. Pertenecemos a una cultura que, desde la plataforma del progreso, ha empezado a coger velocidad y, como una bicicleta, sólo es capaz de permanecer en equilibrio en continuo movimiento porque, si se parase, es fácil que cayese. Por eso, diríase que no queremos caernos y hemos decidido no parar.


Además, el progreso nos está llevando a la soledad o, peor aún, al aislamiento: la televisión, internet, las play station, vienen empujando fuerte y nuestros hijos –y nosotros mismos- nos relacionamos menos fuera de la familia (a veces ni dentro de ella). No escuchamos, ni a nosotros mismos ni a los demás. Y escuchar constituye el cimiento de la comunicación: escuchar atentamente –activamente-, mirando a los ojos a quien está hablando, sólo alerta a lo que dice y a cómo lo dice. Podemos tener más o menos conocimientos culturales, pero ni en la escuela ni en la facultad nos han enseñado a escuchar. De hecho, cuando estamos conversando con alguien basta un sencillo y honesto examen interno para que nos demos cuenta de que parte de lo que ese alguien nos ha dicho nos lo hemos perdido preparando una respuesta. Pues bien, eso es hablar pero no dialogar: son dos monólogos sucesivos.


Nos han enseñado (y nosotros enseñamos) tantos conceptos y tantas actitudes limitantes que empieza a ser complicado salir de este escenario que nos hemos inventado, que hemos creado. Y lo grave es, en mi opinión, que salir de aquí y cambiar el paradigma es la opción que queda: darnos cuenta de que hoy es el primer día del resto de nuestra vida y dar un paso adelante. Todos.


El cambio de paradigma que propongo empieza por sembrar un pensamiento y repetirlo incesantemente para mí mismo: para mí, Karlos, es fácil entenderme con los demás. Repetirlo hasta la saciedad, hasta la náusea y permitir que se instale en mi cerebro. Sembrado el pensamiento, el acto de escuchar sale de dentro más fácilmente, y esa escucha prescindiendo de respuestas, lleva indefectiblemente a la comprensión del otro. ¡Ojo, a su comprensión, no a su aceptación! (no propongo síndromes de Estocolmo).


Obviamente, el cambio de paradigma ha de ser por ambas partes; sólo la actitud compartida lleva a un entendimiento real. Lo demás es perder el tiempo.


Leí hace tiempo una agria diatriba contra la hipótesis-tesis de la última película de Julio Medem, diatriba en que su autor, por otra parte irreprochablemente, hacía un encendido elogio del juicio (como acción de juzgar), tildándolo de imprescindible para vivir y actuar equilibradamente. Para el autor –y no sólo para él, a mi juicio peligrosa y tristemente- juzgar es sinónimo de discernir, de discriminar, de pensar. Yo lo veo al revés: para mí, juzgar es partir de la base de que estoy en posesión de La Verdad.

Y así, con mayúsculas, La Verdad no existe porque mis criterios y mis valores son producto de mi subjetividad que, a su vez, se compone de mis experiencias, vividas y analizadas a partir de los valores que el entorno se ha encargado, con mi colaboración consciente o inconsciente, de depositar en mi mente. Yo poseo mi verdad, mi perspectiva de la verdad. Dicho autor tiene la suya, y lo que nos diferencia es que yo creo que la verdad tiene tantas versiones como personas habitan este planeta.

Las actitudes rígidas e inflexibles nunca van a encontrar un camino común si son dos, o más, los que han de buscarlo juntos.


Yo tengo mis ideas porque tengo mis valores, e interpreto lo que pasa, y lo que me pasa, desde ese esquema personal. Si quiero (de verdad) profundizar en mí para encauzar mi desencuentro con otro ser humano, lo primero es ocuparme de mí, de mi actitud hacia el diálogo (el escenario) y hacia el otro (¿el rival? ¿y por qué no “el imprescindible”?) Desde esa actitud sincera yo sí soy capaz de ponerme a escuchar, dejarle que se exprese sin interrumpirle dándole el espacio energético adecuado para que fluya su expresión. Y yo, junto a él hasta quedarme “ronco de escuchar”, como decía Cayo Julio César. El flujo de energía que el otro percibe crea una atmósfera adecuada para el diálogo, porque después le toca a él asumir mi papel y escucharme atenta y respetuosamente. Pero empiezo dando yo.


Como el pasado y los agravios personales y sociales surgen siempre, o se corre el riesgo de que surjan pudiendo dar al traste con el diálogo, me he propuesto, en ello estoy, elaborar un protocolo, un esquema de campo de juego y de reglas del mismo, un proceso de calidad inspirado y semejante a las normas de calidad ISO, que prevea todo o casi todo. Con una, o más, reuniones previas entre las partes dispuestas a intentar dialogar para, mediante la puesta en común de una tormenta de ideas acerca de las cuestiones que el protocolo de lo que yo llamo, provisionalmente, microcalidad negocial ®, puede abarcar, iniciar el acercamiento. Es un trabajo apasionante porque, siendo en principio individual (entendiendo como individual al sujeto político que va a negociar), tiene la virtud inicial de ser común, compartido y sinérgico.


Cuando el campo de juego y las reglas del mismo hayan sido elegidos por consenso y debidamente documentados y aceptados (firmados), se podrá empezar a hablar. Es verdad que a las reuniones unos irán escoltados y otros no (se trabaja intensamente para que eso acabe, y bien), pero los escoltas se quedarán fuera. Y en ese útero que será el lugar de reunión se encontrarán seres humanos a pecho descubierto. El miedo dejando paso al amor. Porque hay amor, y mucho, que dar y que recibir.


Antes de ser avión, el avión fue una idea; después un dibujo, muchos dibujos. Se hubieron de desechar muchos bocetos y poner muchas áreas de conocimiento a colaborar, pero como estaba claro que se quería construir el avión, no se paró hasta conseguirlo. Y hoy es el día en que tanto tirios como troyanos subimos en avión. Nos lo propusimos, y lo conseguimos.


La vida es una aventura, y las cosas que hacemos y vivimos no son más que metáforas de nuestro estado mental, de nuestra posición vital. A veces hay que poner el carro delante de los bueyes. Si lo hacemos en Euskadi, estoy totalmente seguro de cambiaremos el paradigma, nos escucharemos respetuosamente, desde posiciones firmes y a la vez flexibles. Poniendo la microcalidad negocial al servicio de la convivencia, ella será la que marque las pautas. Y la aventura de colaborar entre distintos, pero esencialmente iguales, será posible. Ojalá. Podemos, si queremos.



Karlos Urrestarazu

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