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domingo, 22 de febrero de 2009

LA TOLERANCIA, UN MODO DE AMAR

Comprender. Aceptar. Tolerar. Colaborar. Distintas formas de Amar que no tienen por qué estar relacionadas con la “piel”, con el amor romántico y/o sexual, aunque en muchas ocasiones –felizmente- van unidos. Yo me refiero al amor que nace de la voluntad, de la decisión de amar. Volveré insistentemente sobre la voluntad porque creo que es la herramienta perfecta para la expresión de la libertad, y se pone a su servicio para ir en pos de lo que la libertad ha decidido. El libre albedrío ‘diseña’ y la voluntad ‘hace’. Es imprescindible la estrecha colaboración de ambos poderes internos para que lo diseñado tome forma; si no se produce la colaboración, la idea no saldrá del estadio de lo que Deepak Chopra llama potencialidad pura o pensamiento sin acción subsiguiente.

Bien mirado, diseñar sin hacer es soñar despiertos, algo que hacemos a todas horas: quien está a dieta sueña con comida, quien está de guardia sueña con un paseo, quien está en la cárcel sueña con la libertad. Si por cualquier razón, propia o ajena pero decisiva, no hace algo al respecto, se quedará la idea en el mundo de los sueños y no pasará de lo potencial.

Nuestro diccionario (VOX), en su primera acepción, define TOLERANCIA como “acción de tolerar. Disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o de pensar distinta de la propia”. Una disposición, una actitud receptiva, no juzgadora y voluntariamente amable hacia el prójimo, persona o situación.

Jesucristo y otros muchos “mensajeros” que dieron pie a las más importantes (cuantitativamente) religiones monoteístas, insistían a menudo en que si no queremos ser sometidos a críticas no critiquemos, porque la energía se comporta como un boomerang que termina revolviéndose. Un jesuita del colegio al que fui solía decirlo muy gráficamente: “el que al Cielo escupe, en el rostro le cae”. Pues eso. Unos le llaman karma, otros causalidad, otros casualidad, otros ki y otros energía. Estoy de acuerdo con casi todas las formas (con casualidad, no), pero yo prefiero acercarme desde el punto de vista de la culpabilidad que expresa todo el lenguaje de quien suele criticar, el hablado y el gestual. El rictus, la expresión facial, la forma de mirar, y no sólo el lenguaje hablado (emitimos un 80% de lenguaje gestual y un 20% de lenguaje hablado), son para quienes compartimos con una persona criticona un libro abierto, lo sepamos o no conscientemente, y es nuestro inconsciente el que reacciona disparando el karma, el ki o la energía.

















OTRAS VOCES
(son citas cogidas aquí y allá, sin sistemática alguna. Sólo tenía referencia de algunos autores, pero he elegido prescindir de todos. Mea culpa. Pero no son mis opiniones.)


- La tolerancia no exige (ni puede implicar), sino que excluye, tragarse uno sus propias creencias o traicionar la verdad de lo que cree o, aún peor, abjurar de ella. Tampoco puede consistir la tolerancia en subordinar la conciencia personal y los propios valores al nuevo “intelecto agente” constituido por la moda, lo políticamente correcto, lo socialmente progresivo, lo moralmente abierto...etc.


- La equivocación entre la virtud electiva, por supuesto libre, y el respeto exigible no es casual; forma parte del aparato ideológico del tolerantismo.



- No darse por enterado, y consentir tácitamente, por omisión; sólo con el segundo sentido tiene relación la tolerancia, ya que tolerar no equivale, hablando con rigor, a aprobar. Acaso por eso, a sensu contrario, Santo Tomás de Aquino, en la ‘Suma Teológica’, emplea el verbo cuando se refiere a Dios y sólo con relación a los hombres.



- Es en la línea del simple y tácito no impedir donde puede encontrarse la tolerancia. Ahora bien, no se ubica en la ignorancia o disimulo de cuestiones intrascendentes o que resultan indiferentes para el sujeto, porque en ese ámbito tampoco hay tolerancia. La tolerancia se halla, en cambio, en aquellos casos en que, por ejemplo, es arduo –o tiene graves contraindicaciones- exigir el exacto cumplimiento de la norma o no es posible impedir el mal necesariamente derivado del bien querido. En sentido recíproco a este mismo caso, a veces hay que tolerar el mal porque de esa tolerancia se derivarán bienes mayores.


- La verdadera autonomía de la voluntad es compatible con el determinismo natural, y por supuesto con el sometimiento a la ley moral.




- Como actitud ante el disidente, la tolerancia no puede ser ilimitada. En todo caso, la tolerancia no es la piedra de toque de la calificación moral; no, por supuesto, respecto a las personas, pero ni siquiera con referencia a sus actitudes.


- La modificación de las actitudes éticas y ético-políticas pude hacerse de dos maneras: 1. Modificando mediante argumentos la convicción subyacente. 2. Modificando directamente la actitud por la vía irracionalista de la coerción, del terror o, más sutilmente, mediante la propaganda, la persuasión, la sugestión y la dictadura enmascarada de la manipulación psico-sociológica que traspone al orden político las técnicas comerciales del ‘anuncio’ y la ‘publicidad’. Sea como fuere, como la norma suprema de la moral es la conciencia, el intento de “socializar” esa norma es inmoral como lo es, globalmente, el intento de reducir la ética al derecho, posibilidad estrechamente vinculada a la cuestión de la tolerancia y sus límites.


- La razón habilitante para permitir el pecado es la armonía universal. Si existen los pecados es porque la armonía de las cosas lo implica así; hay que decir entonces que Dios los permite, es decir, que ni los quiere ni deja de quererlos. Dios lo que no quiere es intervenir para evitarlo: ni quiere ni no quiere que se produzca.


- Leibnitz, el autor del ‘optimismo metafísico’, habla de la tolerancia como un ejercicio de optimización y, en varios sentidos, de creación de armonía. Se suele entender por optimización pasar de lo bueno a lo mejor, pero también se optimiza cuando mudamos lo pésimo por algo que es discretamente malo. Lo tolerable/tolerado no alcanza la consideración de “bueno”, en términos absolutos, pese a lo cual quien tolera estima que su decisión es mejor que la contraria. Lo que se tolera resulta preferible, en términos relativos, aunque ni siquiera sea aceptable en términos absolutos.


- Ni Dios quiere que se haga el mal ni quiere que no se haga; lo que quiere es permitir que se haga, y esto es bueno.


- Lo que es bueno, evidentemente, no es que se haga el mal, sino permitirlo: en ello está en juego nuestra libertad, así como el fundamento de conceptos como responsabilidad y mérito.


- El concepto primordial de tolerancia puede evolucionar; basta con rebajar el absolutismo de la verdad. Para ensanchar sus límites y profundizar en la tolerancia no es preciso dudar de la existencia de la verdad: basta con estar en disposición de dialogar y actuar como si fueran verdades o como si no estuviera seguro de ellas. Y esa apertura al ‘como si’ no’ implica que uno deje de suponer que está en lo cierto, que sus ideas son verdaderas. Tiene más que ver con una actitud generosa que con posiciones gnoseológicas.


- La tolerancia es sustituida por el respeto. Por eso, es desde el respeto a la persona como se pueden tolerar sus actos. En consecuencia, dada la superioridad del respeto sobre la tolerancia, podríamos concluir que la Modernidad realiza un avance importante en cuanto al generoso respeto que nos debemos los unos a los otros.


- La adopción y el desarrollo de las ideas políticas de Kant fueron desde la igualdad, la fraternidad y la libertad, si bien él prefería denominar a la fraternidad, respeto. Se generaron consecuencias poco positivas en el sistema económico-social hoy imperante: desaparecida la fraternidad, la tensión entre igualdad y libertad empezó adulterando la igualdad para favorecer el más pleno desarrollo de una proclamada libertad que, a la postre, se manifiesta como libertad y poder omnímodos de unos pocos a costa de todos los demás.

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