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jueves, 26 de febrero de 2009

LA MEDIACIÓN, O CÓMO CONSERVAR LOS PUENTES INTACTOS

Los conflictos son un buen negocio. Dejarse ir en un conflicto o, lo que es similar, no tomar las riendas del mismo y delegar su gestión, ha creado desde tiempos remotos una serie de figuras, de roles, que se han dedicado y se dedican a gestionar los conflictos por cuenta ajena. Jueces, magistrados, actuarios o secretarios, funcionarios, procuradores, abogados o peritos, son algunos ejemplos de personas que viven del conflicto.

Hay una vertiente, a mi entender, en esa delegación de la gestión del conflicto en terceros que son profesionales, que subyace y se expresa claramente por parte del verdadero protagonista del conflicto, y que denomino “la entrega del propio poder”: desde el momento en que un cliente ‘reúne y pasa’ los papeles de su asunto a un letrado y su procurador, inconscientemente percibe que entrega el control, y somatiza una actitud mezcla entre exigencia, irritación y prisa que es, a mi modo de ver, la expresión de lo que le produce ser consciente de que ha entregado el propio poder, en forma de papeles, para introducirlo en un proceso que ni controla ni conoce en la mayoría de los casos.

Dicha vertiente está extendida, ampliamente extendida. Tan extendida que son, cada vez más, los propios depositarios del encargo de decidir acerca del conflicto, los jueces, quienes, en cierto modo desbordados, y aquejados de tardanza endémica y estructural incrementada porque nosotros mismos, clientes con conflicto, empiezan a mirar cómo desatascar sus oficinas. Porque los juzgados están desbordados, y porque seguirá creciendo la bola de nieve de su desbordamiento si no se empieza, aunque sólo sea por puro interés, a usar la mediación, sí, pero principalmente a darla a conocer y a prestigiarla. Ése es el lado, muy acertado en mi opinión, hacia donde miran algunos jueces.

En los EE.UU. de América, por ejemplo, la Mediación está implantada, funciona con naturalidad y regularidad, se escribe y conferencia acerca de ella y está empezando a constituirse en un Método ampliamente aceptado, no en balde aporta una serie de ventajas respecto de la judicialización (más aún, por supuesto, respecto del ‘corte de puentes’):


CONTROL sobre la marcha del proceso. En palabras de Jeff Kichaven (“Mediation is not for Sissies”, -año 2.000, “Mediate.com”, la web site del Foro Mundial de Mediación (W.M.F.)-, “…en el procedimiento de mediación se obtiene más control que en el arbitraje parajudicial,, en el cual el acuerdo es el sine qua non del éxito… mientras que después los participantes suelen mostrar insatisfacción ante el resultado…(en tanto que)… en la práctica de la mediación, los clientes participantes salen con la certeza de que no han perdido nunca el control, que se ha desarrollado todo de forma no coercitiva para nadie e, incluso, amable dentro de la disputa”. Tal control, y tan directo, es profundamente estimulante.

AHORRO DIRECTO E INMEDIATO. Las partes sólo han de pagar al profesional en funciones de mediador, de modo que pueden ahorrarse los honorarios de abogados y procuradores que conlleva acudir a pleito.

MÁS AHORRO AÑADIDO en lo que yo llamo ‘economizar zozobras’, un aspecto de entre los intangibles que, bien mirado, tiene más importancia en términos de eficacia real de la que se le suele dar.

SALVAGUARDA Y PROTECCIÓN DE LAS RELACIONES (LOS PUENTES). Llegar a acuerdos o, incluso, simplemente intercambiar opiniones y sensaciones acerca de un conflicto con la otra parte, tiene efectos terapéuticos evidentes en la recuperación de las relaciones y, en términos de mediación empresarial, son contabilizables en dinero y en contratos.

SATISFACCIÓN. Éste es otro intangible que adquiere forma casi humana en la actividad que ha sido sometida al proceso de mediación, porque genera una palpable autoestima en quien practica el Método.


Hace ya algún tiempo dejé escrito que, para mí, la Mediación es una práctica a caballo entre la ciencia y el arte la cual, a mi entender y con el mayor respeto y veneración a su memoria, el buen e inolvidable Gabriel Celaya, no hubiese tenido empacho en tildar, como hizo con la poesía, como “un arma cargada de futuro”.




Karlos Urrestarazu

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