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jueves, 26 de febrero de 2009

EXPERIENCIAS CONTRAPUESTAS, ¿O NO?

Ayer viví un par de experiencias seguidas, una detrás de la otra, de esas que, ocurridas así, me dieron no sólo oportunidad de sentir sino de pensar.

El primer escenario ocurre en una entidad bancaria de San Sebastián, a donde acudo con un cliente que me había llamado buscando mi mediación financiera para encontrar un nuevo banco con el cual operar. El cliente es un importante promotor y constructor inmobiliario y el director del banco es un veterano en esas lides. Mi labor se movió, en todo momento, en la creación de ambiente, en propiciar un escenario ericksoniano, de cierto estado alfa de conciencia, y les di toda la cancha para que ellos se expresaran. Duchos en las relaciones personales y comerciales con mucho en común, la toma de contacto y la negociación, de casi dos horas, fue un ejercicio del que todos salimos estimulados, con la operación en puertas -bueno para el director porque estamos a final de año y cualquier nuevo cliente de calidad es una buena noticia-, bueno para el constructor, a la vista de tener un nuevo banco con el que operar, y bueno para mí, pues me demostré una vez más que como mejor hablo es callado, o casi callado, únicamente marcando pautas que apenas se notan pero influyen.

Tras ese ejercicio satisfactorio para mi ego profesional y empresarial, tocaba ir a clase de Pilates. Volví a la oficina y me fui a clase. Íbamos a trabajar con gomas, trabajar estiramiento y flexibilidad. Yo siempre he sido fuerte, duro, ágil, rápido, sensato en mi insensatez, y el trabajo de estiramiento y refuerzo de las articulaciones de todo el cuerpo, además de hacerme sudar como no recordaba en años, me removió internamente como un taladro hacia dentro, y me vi como el Karlos rígido, sensato, capaz y competente desde el mero y férreo control de mí mismo, control de reacciones, de sentimientos, de expresión. Muy poco o casi nada flexible.

Si de la reunión de mediación bancaria salí satisfecho, de la clase salí tocado en lo más hondo, de modo que pese a comer sólo fruta, me costó tragarla. Pero entendí que cada día aprendo algo de mí mismo, y hacer un descubrimiento de algo tan inconsciente que es muscular trayéndolo a la consciencia, es un avance, un salto cuántico que sin duda me beneficia y, ahora mismo, está beneficiando a mis clientes presentes y futuros aunque no lo sepan todavía. O nunca.

Karlos Urrestarazu

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