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martes, 24 de febrero de 2009

LA ACTUALIDAD DE UN VIEJO ARTÍCULO NO PUBLICADO (de 2.006)

LO QUE ES.
LO QUE PARECE.

En este país, y ni es una frase mía ni nueva, de buenos y malos, de victimismo galopante, de búsqueda incesante del culpable de lo que nos ocurre en la vida, y rechazamos, fuera de nosotros mismos, junto a la capitalización de lo que nos place como exclusivamente propio, durante un cierto y largo tiempo hay algunos que han decidido dirigir sus dardos hacia un nuevo enemigo: los intermediarios financieros, sean éstos franquicias o no. Las descalificaciones han florecido como setas tras la lluvia, y muchas plumas con vitola de preclaras no se han empachado en decir qué pernicioso es acudir a una de esas oficinas que han (hemos) aparecido últimamente, muchas de ellas a pie de calle y casi todas con productos semejantes.

Pero, ¿quién habla de la actividad bancaria? Porque resulta que son los bancos, las cajas, los que lanzan al mercado productos/tentación, es El Mercado quien saca coches cada vez más fardones, lavadoras que secan y casi planchan, viajes de ensueño, tarjetas que todo lo pueden, préstamos fáciles y todo tipo de llamadas al consumo. Y lo hacen de un modo que podría admitir críticas (y las admite, como todo en la vida) pero que se ofrece, no se impone. Es la propia libertad, individual, familiar, colectiva, la que elige seguir un camino concreto. Nadie obliga a nadie a consumir. Más aún, nadie obliga a nadie a consumir por encima de sus posibilidades.

Pese a ello, más de una actitud farisaica lleva a dejar escrito que el consumo familiar en España está en más del 100%, en cotas del 110 o, incluso, del 120%, para luego asegurar que los intermediarios financieros semejan aves de rapiña volando bajo a la espera de que la inocente presa empiece a dar muestras de debilidad para abalanzarse sobre ella.

Pero no es lo que parece. En realidad, nuestro consumo personal y familiar se ha disparado porque nosotros mismos no le hemos puesto freno. Caer en la tentación es una decisión libre, como lo es dar a nuestros hijos todos los caprichos porque los otros los tienen… Acceder a un préstamo para una tele más grande, un coche más potente, una tarjeta con más crédito, una casa más cómoda, grande y aparente, es algo libre, quizás condicionado por el ambiente, pero libre.

Las entidades financieras, bancos y cajas, lo saben muy bien y actúan muy consecuentemente: el mercado es el mercado, la oferta es la que es y la demanda también. Según va creciendo el endeudamiento, los bancos, con el Central Europeo a la cabeza (en USA es muy parecido), toman medidas para enfriar la economía, ralentizar el consumo familiar que acelera la inflación y, para ello, sube los tipos de interés. Esos tipos, unidos a los gastos aplazados de consumo a los que la ciudadanía no se ha resistido, llevan a tomar medidas familiares. Medidas que pocas veces pasan por apretarse el cinturón. Más bien se tiende a mantener el status (entendido como capacidad de gasto), y se aproxima a la refinanciación como método para salir del apuro.









Y resulta que los productos de refinanciación, contra lo que parece insinuarse en algunos foros, no son creaciones de los intermediarios financieros. Los crean los bancos, las cajas. Es más, éstos y éstas crean entidades ad hoc, con productos igualmente a la medida de las necesidades del mercado, para proveer a la ciudadanía de salidas a sus crisis económicas.


Mientras, los intermediarios financieros se limitan a ofrecer, con dispar acierto, saber hacer y fortuna, tales productos. El proverbial maniqueísmo de esta España nuestra se encarga del resto: el tiro al blanco contra el mensajero resulta, a la postre, mezquino pero divertido.

Podríamos fijarnos en otras experiencias. Por ejemplo, El Banco Grameen. Este proyecto de banco de los pobres ha recorrido un largo camino desde que comenzó su viaje en la aldea de Jobra (Bangla Desh) en 1976. Durante el lapso de vida del Banco Grameen se registraron numerosos desastres naturales en Bangladesh Uno de los más agudos, si no el más agudo, ocurrió cuando, tras otros “menos” terribles, acaeció la inundación de 1998. En palabras del mismo Muhammad Yunus, padre de la iniciativa bancaria que se ha llamado banco de los pobres, fue el más grave de todos los desastres. La mitad del país estuvo sumergido en agua durante diez largas semanas. El agua se mantuvo a nivel de los techos de las casas durante un prolongado período. Los/as prestatarios/as del Grameen, como muchas otras personas en Bangladesh, perdieron la mayoría de sus pertenencias, incluyendo sus casas, a causa de las inundaciones. El Banco Grameen, que es propiedad de los/as prestatarios/as, decidió lanzar un enorme programa de rehabilitación, mediante el desembolso de préstamos frescos, para reiniciar actividades generadoras de ingreso y para reparar o reconstruir las casas. Pronto los/as prestatarios/as comenzaron a sentir la carga de los préstamos acumulados. Vieron que el tamaño de las nuevas cuotas excedía su capacidad de pago. Gradualmente comenzaron a no asistir a las reuniones semanales de los centros. La recuperación en el Banco Grameen comenzó a mostrar una rápida declinación. El Banco fue la misma fuente de donde nacería la solución o, por mejor decir, el embrión de la solución.
En Occidente, evidentemente, la cosa no funciona igual. Los estímulos al consumo están por todas partes y la ciudadanía les otorga carta de naturaleza entrando al trapo, consumiendo, más o menos compulsivamente pero consumiendo. Mucho. Aquí, los desastres son de otra clase. Y las entidades financieras envían al mercado sus “préstamos frescos” a través de nuevas entidades que, a su vez, operan con intermediarios financieros.
La máxima más impactante de la “filosofía Grameen” es la siguiente: los pobres siempre pagan. Algo así ha ocurrido siempre aquí; sólo últimamente que parece tan fácil dejar de hacerlo (para alguna gente) e irse de rositas, la tentación consumista podría tornarse en escapista.
Hemos de frenar esa tentación. Hay que anticiparse y conseguir que las entidades financieras consideren a los deudores “bombas de tiempo”. Si en el Banco Graneen de Bangla Desh construyen capacidad para mantenerse libres de la pobreza, y lo hacen desde el fomento a la educación, a la cultura, nuestro sistema ha de empeñarse, todos habríamos de empeñarnos consensuadamente, en hacernos cargo de cuáles son nuestros límites y vivir desde ellos. Porque una refinanciación sin propósito de la enmienda, es decir, volviendo a empufarse -lisa y llanamente-, lejos de arreglar las situaciones, las empeora.
El Banco Grameen hubo de adaptarse a una nueva realidad, la que surgió tras los primeros desastres. Los pobres que siempre pagan dejaban de hacerlo. Las mujeres, principal motor, y gasolina, del Proyecto, dejaban de acudir a las reuniones. El proyecto perdía gas a marchas forzadas y el equipo creativo del Grameen se vio ante la tesitura de elaborar una nueva forma de hacer las cosas. Creó el llamado SGG (Sistema Generalizado Grameen) que, pasando por un periodo de capacitación para todos los implicados y su posterior implementación funciona, otra vez, satisfactoriamente.
Aquí puede que sea mucho pedir que haya capacitación, pero existe la publicidad, que tánto y tan exhaustivamente se utiliza con fines de venta, y cuyo uso consciente sería un vehículo adecuado hacia el redireccionamiento del consumo por la vía de la autolimitación. El Mercado es corresponsable de la marcha de las economías domésticas, y lo es más allá de las maniobras de calentamiento/enfriamiento del consumo. Porque ese juego es peligroso. La vida familiar se sustenta en varios pilares, y el económico no es de los menores, de modo que la paz familiar se ve alterada cuando lo económico flojea o falta.
Quizá no todos los intermediarios financieros, pero sí algunos de nosotros, alimentamos la conciencia de nuestros clientes respecto de su situación.

Karlos Urrestarazu
Abogado
Mediador Financiero
Noviembre 2.006

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