Cuántas ilusiones adolescentes propició Fidel en la gente con que me movía allá por el fin de la adolescencia, a comienzos del periplo universitario (aquello de "...si Fidel es comunista, que me apunten en la lista...). La sangre joven ardía, Franco estaba aún caliente en su mausoleo, y el rojerío postfranquista confiábamos en la lucha de clases. Era casi amor, por lo menos lo mío.
Luego crecí, en edad, en lecturas, en viajes y en experiencias (visitas a Cuba incluidas), y aquel apoyo se fue trocando primero en incredulidad, después en decepción y más tarde en rechazo: Fidel no se retiró cuando, de hacerlo, hubiese pasado a la gran historia. Se le encasquilló el fulcro de la generosidad hacia su pueblo y ha permanecido contra viento y marea.
Estoy triste porque Fidel se va, pero más por lo tarde que se va y por la cantidad de necesidades que pasa ese pueblo cubano, que no puede viajar, no puede opinar, no puede respirar ese aire que tánto desean.
Que te vaya bien, Fidel. Ojalá tu marcha accione ese fulcro de libertad para los tuyos que tienes tan pegado a los dedos.
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